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¿Qué es despertar de arena?

Es ser esa que se esparce y vuela; que se adhiere a la piel como lengua en beso y ahí se queda. La que puede ser fría o caliente, cuando la abrazan se amolda o cuando la lleva el viento puede volar rebelde. Puede ser volátil, insoportable, áspera e incómoda, como las bofetadas a la conciencia; puede ser suave, blanda y fundirse con las aguas de todos los mares. A menudo, como otras, me despierto de arena.

No tengo la edad que tengo

22 de junio de 2010













Llevo sobre mis pupilas
los recuerdos ya gastados
que alguna vez me existieron
y me corre por las venas
un río de tiempo añejo.
El paso de mi reloj
va programado a destiempo;
el minutero me marca
un segundo en cada aleteo
y mis horas vuelan solas,
pues no las ata este cuerpo.
No se cuentan en mi tiempo
los años que transcurrieron
desde mis nuevos latidos
nadando en un vientre ajeno.

No tengo la edad que tengo.

Se me escapa como un ave
el suspiro de lo concreto;
lo que conozco no es ésto,
no es lo otro ni es aquello.
Lo que sé lo sabe el alma,
lo escribe de su tintero
sobre el papel de la vida
y cada vez tengo uno nuevo.
Como las gotas calientes
de un veraniego aguacero
al tocar mi piel de sueños,
los años se me evaporan,
se me elevan al rinconcito
más alto del firmamento
para ser rocío en el aire
y luego llover siendo eternos.

No tengo la edad que tengo.
Tengo más y tengo menos.
Más de la que un día tuve
y menos de la que siento.

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