Plegaria de un hombre
22 de junio de 2010
Yo también tengo el cuerpo hecho de sal y agua.
Déjenme ser hombre y llorar.
Y reír.
Y cantar.
Y sufrir.
Y temblar.
Y ser débil.
Estoy lleno de música y de aliento de los cerros.
¡No quiero ser hierro!
En mí vive a veces la tempestad,
pero también el canto alegre de un jilguero.
¡Déjenme ser hombre!
No un muñeco.
Permitan que los jardines que nacieron con mi cuerpo
florezcan y entreguen frutos, no estiércol.
Cuando sea niño pequeño,
celebren las mariposas que acaricien mis cabellos,
y dejen que me perfume con el olor de los huertos;
pongan un roble a mi alcance para que suba a las ramas
pero también las estrellas para admirar sus destellos.
Yo también tengo el alma hecha de sueños y anhelos.
Déjenme ser hombre y amar.
Y acariciar.
Y besar.
Y sentir.
Y bailar.
Y ser tierno.
Estoy repleto de luna y de gotas del mismo cielo.
¡No quiero ser hielo!
De mí nace a veces un huracán,
pero también nacen soles de amaneceres nuevos.
¡Déjenme ser hombre!
No un muerto.
Permitan que los matices delicados de mi cuerpo
reluzcan y se muestren con orgullo, no con miedo.
Cuando sea niño pequeño,
celebren los movimientos que muestre frente a mi espejo,
y dejen que baile mi cuerpo al son del ritmo que siento;
pongan piedras en mis manos para lanzarlas al río
pero también margaritas para que aspire su aliento.
Sólo déjenme ser hombre,
¡y no un muñeco ni un muerto!
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